Pasar del “tenemos” al “somos”
¿Alguna vez te has detenido a pensar por qué vemos nuestro cuerpo como algo que “tenemos” y no simplemente como lo que “somos”?
La forma en que la cultura occidental entiende el cuerpo no es una verdad natural ni universal; es, en realidad, una construcción histórica que ha mutado drásticamente en los últimos cinco siglos.
Para entender desde dónde abordamos nuestras prácticas como profesionales de la salud, debemos desandar el camino que nos llevó a concebir el cuerpo como una máquina.

El Cuerpo en Comunión: La Era Medieval
Antes del siglo XVI, el ser humano no se sentía una entidad aislada. El cuerpo era una «parcela inseparable del universo», una red de energías que entrelazaba su existencia con la naturaleza y el cosmos. En esta época, no existían fronteras rígidas de la carne que separaran al individuo del resto de la especie o de su entorno.
Se hablaba del «cuerpo grotesco», un cuerpo abierto al mundo, en contacto permanente con las energías naturales, donde el acento estaba puesto en los orificios y protuberancias que permitían el intercambio con lo exterior. En las fiestas populares, los cuerpos se entremezclaban celebrando una vitalidad colectiva que ignoraba el individualismo moderno.
El Renacimiento y la “Triple Sustracción”
La modernidad comenzó fracturando esta unidad mediante lo que se conoce como la «triple sustracción»: el ser humano fue separado de sí mismo (alma vs. cuerpo), de los otros (individualismo) y del universo.
Un hito fundamental fue la obra de Andrés Vesalio (1543), quien transformó el cuerpo en un objeto de estudio independiente del hombre. A partir de aquí, el cuerpo dejó de ser el «ser» para convertirse en algo que se «posee», una estructura que el anatomista podía diseccionar como si fuera una fábrica.
Descartes y el Cuerpo-Máquina
En el siglo XVII, René Descartes instauró una división ontológica radical: la mente (razón) por un lado y el cuerpo por el otro. Definió al cuerpo como una «máquina compuesta de huesos y carne», comparable a un reloj o un autómata. Esta ruptura hizo que el cuerpo se volviera extraño al hombre y que cualquier intuición sensorial fuera vista con desconfianza frente al cálculo racional.

La Revolución Industrial y el Proletariado
Con el auge del capitalismo, el cuerpo fue redefinido como la «máquina de trabajo primaria». El organismo fue sometido a una disciplina fabril de automatismo y regularidad, donde el individuo comenzó a sentirse “él mismo” solo cuando estaba fuera de su ámbito laboral, consolidando la alienación de su propia biología.
El Siglo XX y el Informe Flexner
En 1910, el Informe Flexner terminó de dar forma a la medicina moderna al posicionar el saber científico-biológico como el único legítimo. Esto profundizó el reduccionismo: el médico ya no trataba a una persona, sino a una enfermedad o a un órgano «averiado», dejando la subjetividad y las emociones en la sombra.
La Transición: El Modelo Biopsicosocial
Como respuesta a esta fragmentación, surgió el Modelo Biopsicosocial, que busca reintegrar las dimensiones perdidas: lo biológico (anatomía y biomecánica), lo psicológico (emociones y estrés) y lo social (cultura y vínculos). Es un paso crucial para reconocer que el cuerpo no es una pieza aislada.

El Nuevo Paradigma: Modelo Integrativo Neuro Eco-Somático (MIENS)
Como respuesta a esta fragmentación histórica, surge el Modelo Integrativo Eco Neuro Somático (MIENS). Este modelo no nace para sumar disciplinas de forma instrumental, sino para proponer una “tercera posición” que reintegra la salud desde una perspectiva histórica, relacional y encarnada.
En el MIENS, el cuerpo no es un objeto de conocimiento que deba ser corregido o dominado; es el lugar desde donde se conoce, se siente y se transforma.
Su práctica clínica se fundamenta en tres ejes que son co-constitutivos e inseparables:
Eje Neuro (Sistema Nervioso Autónomo):
Se centra en la neurobiología del trauma y la regulación autonómica. Aquí se trabaja con la neurocepción (la evaluación de seguridad del organismo sin conciencia), la neuroplasticidad y los estados de disociación o colapso, buscando ampliar la ventana de tolerancia del paciente.
Eje Somático (Postura · Fascia · Tensegridad):
Entiende la postura no como un error mecánico, sino como una memoria adaptativa e inteligente del organismo. Utiliza el sistema fascial y las cadenas miofasciales para restaurar la tensegridad y la movilidad, reconociendo que cada restricción física comunica una historia biográfica y emocional.
Eje Eco (Ecosistema · Vínculo · Territorio):
Este eje integra el impacto de la microbiota, la epigenética, el apego temprano y los ritmos naturales en la salud neuro-somática, entendiendo que el individuo siempre está situado en un territorio y una red viva de vínculos humanos y más-que-humanos.
Conclusión: Desandando las Fracturas
Comprender esta evolución histórica es el primer paso para reconocer las fuerzas que todavía operan en nuestra salud y nuestra práctica. Recuperar una visión integral, encarnada y ecológica requiere desandar conscientemente estas fracturas históricas.
Hoy, el desafío de la salud en el siglo XXI es volver a ver el cuerpo como un territorio de vida y de potencia y no como un objeto, integrando la biología con la biografía en una unidad inseparable.