Por qué esto nos importa

Cuando empezamos a construir Soma y Alma, teníamos una incomodidad que no terminábamos de nombrar.

Habíamos estudiado. Mucho. Anatomía, neurociencia, biomecánica, trauma, fascia. Habíamos leído los autores que el campo reconoce como legítimos, cursado las formaciones que el sistema certifica como válidas, aprendido el lenguaje que abre puertas en congresos y publicaciones.

Y al mismo tiempo, algo no cerraba.

Había una distancia entre lo que los manuales describían y lo que las personas que acompañábamos en sesión necesitaban. Entre la precisión del diagnóstico y la complejidad de la vida que llegaba a la consulta. Entre lo que la ciencia nombraba como cuerpo y lo que el cuerpo realmente parecía ser: un territorio de historia, de vínculo, de cultura, de miedo acumulado, de sabiduría que ningún paper había sistematizado todavía.

Tardamos un tiempo en entender que esa incomodidad no era nuestra. Era estructural fundante del modo en que vivimos, nos relacionamos y producimos saberes.

El problema no era que nos faltara información. Era que la información disponible había sido construida desde un lugar muy específico — y ese lugar tenía nombre, coordenadas geográficas y una historia de violencia que raramente se menciona en las bibliografías.

Esa comprensión cambió todo. Y de ella nació el Modelo Integrativo Eco Neuro Somático (MIENS).

Quiénes quedaron afuera del mapa

Hay una pregunta que el MIENS no puede evitar: ¿desde dónde se construye el conocimiento sobre el cuerpo?

Durante siglos, la respuesta fue clara y tácita: desde Europa. Desde cinco países — Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos — cuya producción académica se instituyó como universal, objetiva, desincorporada. Como si el saber no tuviera cuerpo. Como si quien investiga no estuviera situado en ningún lugar.

A esa pretensión, Santiago Castro-Gómez la llama la hybris del punto cero: la ilusión de un observador que puede ver el mundo entero sin ser visto, que puede juzgar todos los saberes desde una plataforma que él mismo declara neutral. Es el “ojo de Dios” de la ciencia moderna. Y no es neutral. Es profundamente político.

Ramón Grosfoguel lo nombra con precisión: racismo y sexismo epistémico. El privilegio de producir conocimiento “legítimo” no fue ganado en debate intelectual — fue construido sobre cuatro genocidios y epistemicidios del siglo XVI: contra los pueblos originarios de Abya-Yala, contra las poblaciones africanas esclavizadas, contra las mujeres sabias europeas acusadas de brujería, contra las poblaciones andalusíes y judías. Cuando se quemaron cuerpos, se quemaron también bibliotecas encarnadas. Saberes que no dejaron huella en las universidades porque fueron sistemáticamente destruidos.

El resultado es una estructura que clasifica en dos: lo que sabe y lo que cree. Lo que es ciencia y lo que es folklore. Lo que cura y lo que es superstición. Boaventura de Sousa Santos llama a esta división el pensamiento abismal: una línea invisible que determina qué saberes existen y cuáles son declarados inexistentes — no porque no funcionen, sino porque no provienen del lado correcto de la historia.

En el campo de la salud, esa línea tiene consecuencias directas. El Informe Flexner de 1910 es un ejemplo preciso: un dispositivo que legalizó la medicina alópata como único modo válido de curar, declarando ilegítimas a la homeopatía, la naturopatía, y centenares de tradiciones curativas indígenas y afrodescendientes. No fue un avance científico neutral. Fue una operación de poder.

Y esa operación de poder llega hasta hoy. Llega hasta la forma en que se diseñan los currículos universitarios, hasta los criterios de publicación de las revistas indexadas, hasta la mirada con la que un profesional de la salud entra a la consulta y decide qué cuenta como evidencia y qué cuenta como creencia del paciente.

Llega, también, hasta el cuerpo de quienes atendemos.

Porque si el único saber legítimo sobre el cuerpo es el que proviene de cinco países del norte global, entonces millones de personas — con sus historias, sus tradiciones, sus lenguas corporales, sus formas de sanar — quedan fuera de lo que el sistema llama cuidado. Y esa exclusión se inscribe también en el tejido. En la desconfianza hacia el propio sentir. En la vergüenza de las prácticas de los abuelos. En la sensación de que lo que duele no tiene nombre en ningún manual.

Eso también es trauma. Solo que nadie lo certifica como tal.

Qué propone el MIENS — y por qué no es lo mismo que “integrar”

Cuando decimos que el MIENS integra saberes, no estamos hablando de sumar disciplinas en un mismo menú. Eso sería reproducir el problema con otro formato: la ciencia biomédica como anfitriona que invita a las tradiciones a la mesa, siempre que se comporten según sus reglas.

El MIENS parte de otro lugar.

Inspirado en el método analéctico de Enrique Dussel, no buscamos mejorar el sistema desde adentro ni ocupar su centro. Partimos de la interpelación ética del “Otro” — de aquellos saberes y sujetos que la totalidad eurocéntrica declaró inexistentes. La analéctica no dialoga desde la contradicción interna de un sistema: dialoga desde el reconocimiento de que hay vida, inteligencia y saber más allá de los límites de cualquier totalidad cerrada.

Desde ese lugar, las Medicinas Tradicionales, Complementarias e Integrativas no son saberes subalternos esperando validación biomédica. Son exterioridades portadoras de racionalidades propias, de ontologías relacionales del cuerpo y la enfermedad que la medicina hegemónica no puede absorber sin violentarlas.

La Ecología de Saberes que propone de Sousa Santos no es relativismo. No estamos diciendo que todo vale igual en cualquier contexto. Estamos diciendo que no existe una sola forma de conocer el cuerpo que sea suficiente — y que el diálogo entre saberes, con jerarquías contextualizadas y no uniformes, es la única forma de construir una clínica a la altura de la complejidad humana.

Esto tiene consecuencias prácticas muy concretas para nuestra forma de enseñar y de acompañar.

Significa que cuando trabajamos con fascia, no solo citamos a Myers o Stecco — también preguntamos qué dice de ese tejido una tradición ayurvédica o una práctica de movimiento que lleva siglos siendo transmitida de cuerpo a cuerpo sin paper que la respalde.

Significa que cuando hablamos de trauma, no reducimos la experiencia a un modelo neurobiológico — aunque ese modelo sea poderoso y necesario. También preguntamos qué estructuras históricas, culturales y vinculares produjeron las condiciones de posibilidad de ese sufrimiento.

Significa que cuando un profesional llega a nuestra formación con un saber que el sistema no valida — una práctica somática aprendida de su abuela, una forma de leer el cuerpo que no tiene nombre en ningún manual — no lo descartamos. Lo escuchamos como exterioridad. Como portador de algo que la totalidad no pudo absorber sin destruir.

Desde el MIENS, la justicia epistémica no es un debate filosófico abstracto. Es una condición de la práctica clínica.

Lo que esto cambia en la consulta

Todo lo anterior puede sonar muy teórico. Pero se encarna de formas muy precisas en el momento en que un terapeuta se sienta frente a alguien.

Cambia qué preguntas te hacés antes de abordar terapéuticamente. Cambia si lográs sostener la incomodidad de no entender algo en lugar de clasificarlo rápidamente dentro de una categoría que ya conocés. Cambia si podés reconocer la inteligencia de un patrón corporal que el manual llama disfunción. Cambia si tenés herramientas para leer el cuerpo de alguien cuya historia no se parece a las que estudiaste.

Cambia, en definitiva, la posición desde la que ejercés.

Y esa posición — encarnada, situada, crítica y a la vez cálida — es lo que el MIENS intenta formar. No solo transmitir información sobre fascias, postura y trauma. Sino formar profesionales que puedan habitar una clínica más justa. Que puedan decirle a la persona que tienen delante: lo que te pasa tiene sentido. Tu cuerpo hizo lo que pudo. Y hay más de una forma de acompañarte.

El MIENS no pretende ser una nueva totalidad. No reemplaza la ciencia con espiritualidad, ni la evidencia con intuición. Propone algo más difícil y más necesario: un espacio donde saberes que raramente se sientan juntos puedan dialogar desde la dignidad — sin que ninguno tenga que volverse otro para ser escuchado.

Eso es lo que llamamos Ecología de Saberes.

Y eso es lo que intentamos encarnar, en cada módulo, en cada sesión, en cada conversación que sostenemos desde Soma y Alma.

Si llegaste hasta acá, hay un camino de formación

Este artículo es solo la entrada al modelo. El MIENS no se aprende leyendo — se aprende aplicándolo al propio cuerpo y a la propia práctica, con tiempo, con comunidad y con acompañamiento.

La Diplomatura en Fascias, Postura y Trauma es la formación diseñada específicamente para eso. Para osteópatas, fisioterapeutas, terapeutas corporales, instructores de yoga y movimiento que quieren integrar estos tres ejes — somático, neurobiológico y ecológico — en una sola mirada clínica coherente.

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