Es posible que te hayas encontrado con esta escena: una persona llega a la camilla, su cuerpo permanece rígido y tenso, y no parece responder al tratamiento manual, sin una explicación mecánica que dé cuenta de toda la situación.
¿Podría tratarse de una respuesta de congelamiento? ¿Qué sabemos sobre esta respuesta defensiva y cómo podemos acompañarlo desde la terapia manual sin interpretar de más?
El congelamiento es una de las respuestas de defensa estudiadas en el campo del trauma. Comprender sus características puede ampliar nuestra mirada clínica, pero también exige reconocer los límites de lo que podemos identificar a partir de la observación corporal.
En este artículo revisamos qué dice la investigación sobre el congelamiento, qué aspectos de la Teoría Polivagal siguen en debate y qué pueden aportar las investigaciones sobre el tacto afectivo, la interocepción y la modulación del dolor a un abordaje integrativo del trauma.
¿Qué es el congelamiento en el contexto del trauma?
Las respuestas de defensa no constituyen un único patrón. Una revisión publicada en Harvard Review of Psychiatry por Kozlowska y colaboradores (2015) describe una cascada de defensa que incluye diferentes respuestas ante la amenaza.
La activación prepara al organismo para responder. La lucha y la huida son respuestas activas; el congelamiento (freezing) implica una inhibición temporal de la acción, aunque puede mantenerse una preparación motora. Cuando la amenaza se percibe como inescapable, pueden aparecer otras respuestas, como la inmovilidad tónica.
Estas respuestas involucran circuitos neuronales relacionados con la detección de amenazas, la coordinación del movimiento y la regulación de funciones corporales. Sin embargo, no deben entenderse como etapas obligatorias que todas las personas atraviesan en un orden fijo.
Congelarse es parte del repertorio de defensa humano y, por sí solo, no indica que una persona haya sufrido un trauma. El interés clínico aparece cuando ciertas respuestas se mantienen, se reactivan ante señales asociadas con experiencias anteriores o interfieren con la vida cotidiana.
En algunas personas con antecedentes traumáticos pueden persistir síntomas como hipervigilancia, disociación, evitación o dificultades para recuperar una sensación de seguridad.

Teoría Polivagal: comprender el congelamiento y el papel de la terapia manual
La Teoría Polivagal, propuesta por Stephen Porges, ha influido en las prácticas clínicas orientadas al trauma al explorar la relación entre el sistema nervioso autónomo, la percepción de amenaza y las respuestas de protección. Desde esta perspectiva, el congelamiento puede comprenderse dentro de las respuestas defensivas que aparecen cuando una persona percibe que no puede afrontar una amenaza mediante la lucha o la huida. Aunque este marco ofrece conceptos útiles para reflexionar sobre la seguridad y la inmovilización, el congelamiento es una respuesta compleja que no puede explicarse únicamente desde esta teoría.
Algunos fundamentos neurofisiológicos de la Teoría Polivagal continúan en debate científico. En la práctica clínica resulta más riguroso utilizar la Teoría Polivagal como un mapa o marco interpretativo, no como una explicación definitiva.
Su utilidad puede estar en ofrecer un lenguaje accesible para explorar preguntas clínicamente relevantes:
¿Qué señales está detectando la persona como seguras o amenazantes?
¿Qué cambios aparecen en su activación fisiológica?
¿Qué estrategias de protección pone en marcha?
¿Puede recuperar flexibilidad y orientarse hacia las condiciones de seguridad del presente?
¿Qué propone Peter Levine sobre el congelamiento?
Peter Levine, creador de Somatic Experiencing, propone que, ante una amenaza, el organismo activa respuestas defensivas como luchar, huir o inmovilizarse. Desde su modelo, cuando estas respuestas no pueden completarse, la activación puede persistir y manifestarse en patrones de tensión, inmovilidad o desconexión corporal.
Su enfoque busca acompañar a la persona a través de la atención a las sensaciones corporales, la titulación -explorar la experiencia en pequeñas dosis- y la pendulación entre sensaciones difíciles y recursos de seguridad. El objetivo es favorecer una recuperación gradual de la capacidad de autorregulación, sin forzar respuestas ni sobrepasar los límites de la persona.
¿Qué podés observar en consulta y cuándo derivar?
En consulta, una persona que ha atravesado experiencias difíciles puede mostrar una relación particular con su cuerpo y con el contacto: dificultad para relajarse, rigidez persistente, respiración contenida, movimientos reducidos o una sensación de desconexión corporal. También puede costarle identificar lo que siente, expresar incomodidad o reconocer cuándo necesita una pausa. Estas señales no indican por sí mismas la presencia de un trauma; son aspectos que podemos observar y explorar con curiosidad, sin sacar conclusiones precipitadas.
La forma en que la persona responde al contacto también puede orientarnos. Puede necesitar más tiempo para sentirse cómoda, preferir un contacto menos intenso o experimentar cambios en la respiración, el tono muscular o la atención durante la sesión. En lugar de interpretar estas respuestas como resistencias que hay que superar, debemos respetar sus límites y su ritmo, preguntar qué le resulta cómodo y ofrecerle opciones para que conserve el control sobre la experiencia. La prioridad es construir una relación de confianza en la que pueda expresar lo que necesita y sentirse segura.
Si aparecen señales de sufrimiento psicológico intenso, disociación recurrente, recuerdos intrusivos, crisis de angustia o dificultades que afectan significativamente la vida cotidiana, es importante proponer una derivación a un profesional de salud mental con formación en trauma. Si existe riesgo inmediato para la seguridad de la persona, corresponde activar los recursos de atención urgente. La terapia manual puede acompañar el cuidado corporal, pero no sustituye el abordaje psicológico o psiquiátrico cuando este es necesario. La coordinación entre profesionales permite ofrecer un acompañamiento más completo y respetuoso.
¿Qué puede aportar el tacto terapéutico en un abordaje integrativo del trauma?
Para comprender el posible aporte de la terapia manual al acompañamiento de personas que han vivido experiencias traumáticas, resulta útil ampliar la mirada más allá de los tejidos y la mecánica corporal. El contacto físico también es un estímulo sensorial que participa en la forma en que percibimos nuestro cuerpo, experimentamos el dolor y nos relacionamos con otras personas.
Tres líneas de investigación permiten explorar esta relación: el tacto afectivo, la interocepción y la modulación del dolor.

El tacto, la interocepción y la modulación del dolor: tres vías de acompañamiento
El tacto como experiencia relacional
El contacto manual no es solo una intervención sobre los tejidos: también es una experiencia de relación. Cuando se ofrece con respeto, atención y sensibilidad a las respuestas de la persona, puede favorecer una mayor sensación de seguridad y comodidad corporal. La calidad del contacto, el contexto y la posibilidad de elegir son tan importantes como las técnicas manuales utilizadas.
La interocepción y la percepción de los propios límites
La terapia manual puede ofrecer un espacio para prestar atención a las sensaciones internas, reconocer cambios en la tensión y la respiración, e identificar qué resulta agradable, incómodo o excesivo. Desde esta perspectiva, acompañar no consiste en interpretar el cuerpo por la persona, sino en facilitar que pueda reconocer sus propias señales y desarrollar una relación más clara con sus límites corporales.
La modulación del estrés y del dolor
El dolor y el estrés están influidos por múltiples factores, entre ellos el estado de alerta, las experiencias previas y el contexto en el que se recibe el tratamiento. En algunas personas, el contacto manual puede contribuir a reducir temporalmente la tensión, aliviar el dolor o facilitar un estado de mayor calma. Esto no significa que libere un trauma (entre muchisimas comillas) “almacenado en los tejidos”, sino que puede ofrecerle al paciente una posibilidad de auto-percibir el cuerpo de nuevas maneras.
Una práctica basada en la seguridad, la presencia y el respeto por los límites
Ante el congelamiento y otras respuestas asociadas al trauma, la terapia manual puede ofrecer algo más que alivio físico: un espacio en el que la persona se sienta escuchada, respetada y segura en su relación con el cuerpo. Cuando alguien ha aprendido a protegerse mediante la inmovilidad, la tensión o la desconexión, el objetivo no es forzar una respuesta diferente, sino crear condiciones para que pueda recuperar, gradualmente, la percepción de sus sensaciones, su seguridad y de sus propios límites.
En este contexto, resulta interesante el papel de las fibras C-táctiles, que responden especialmente al tacto lento y suave sobre la piel y transmiten señales relacionadas con la actividad de la ínsula, una región cerebral implicada en la percepción del estado interno del cuerpo y en la experiencia subjetiva de cómo nos sentimos. Esta vía ayuda a comprender la dimensión afectiva de este tipo de contacto suave y lento que podemos encontrar en ciertas técnicas manuales de la osteopatía y la terapia craneosacral.
Cuando el contacto terapéutico se adapta a las necesidades de la persona y existe libertad para aceptarlo, modificarlo o detenerlo, puede contribuir a la regulación emocional, disminuir la sensación de tensión, facilitar una mayor atención a las propias sensaciones, mejorando el perfil interoceptivo del paciente. En el acompañamiento del trauma, no se trata de “desbloquear” el cuerpo ni de provocar una liberación, sino de ofrecer un entorno seguro en el que la persona pueda volver a sentirse parte activa de su propia experiencia corporal. La terapia manual no sustituye el tratamiento específico del trauma, pero puede formar parte de un abordaje integral cuando es una practica informada, con sensibilidad y criterio clínico.
Profundizá en la Formación en Fascias, Postura y Trauma
Comprender la relación entre fascias, postura y trauma nos invita a ampliar nuestra mirada clínica y a acompañar al paciente desde una perspectiva más integrativa. En nuestra formación, profundizamos en estas conexiones para enriquecer la evaluación y la práctica terapéutica.
Si sos fisioterapeuta, osteópata o profesional del trabajo corporal y querés profundizar en la relación entre las fascias, la postura y las respuestas asociadas al trauma, podés sumarte a la lista de espera para recibir información sobre la próxima edición.