La crisis cognitiva que genera la IA puede tener menos que ver con la tecnología y más con la desconexión del cuerpo.

Vivimos una época atravesada por avances tecnológicos que, en muchos sentidos, representan potencialidades reales: mayor alcance de servicios, más conocimiento disponible, infraestructura que hace décadas era impensable. Pero ese avance también tiene un costo (ecológico, social, económico) y hoy, con el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, ese costo empieza a mostrar una cara deshumanizante.

Una lectura de época.

En Soma y Alma sostenemos que hay que alinear fuerzas y motivaciones hacia una visión de integración, capaz de trascender las crisis que la propia modernidad genera. No se trata de rechazar el avance tecnológico ni de idealizar un pasado, sino de hacer una lectura honesta del momento que atravesamos: una crisis cognitiva ligada al avance de la IA, que nos exige repensar qué lugar le damos a la intuición, a la percepción y al cuerpo.

La modernidad trajo consigo avances innegables en salud, comunicación y acceso al conocimiento, y sería injusto negarlos. Pero también generó una fragmentación — del cuerpo, del vínculo con la naturaleza, del tiempo — que hoy se profundiza con la aceleración algorítmica. Sostener las dos cosas a la vez, el reconocimiento del avance y la crítica de su costo, es parte de lo que entendemos por una mirada integrativa.

El concepto de Transmodernidad

Nos apoyamos en el concepto de Transmodernidad, desarrollado por el filósofo Enrique Dussel. La propuesta central de este concepto es tomar lo mejor de la modernidad — sus avances reales — y ponerlo en diálogo con la sabiduría ancestral de los pueblos premodernos, que son quienes históricamente han sabido vivir en armonía con la naturaleza.

Esta no es una postura anti-tecnológica. Es una invitación a integrar, no a elegir un solo polo.

La Transmodernidad, tal como la entendemos, no propone un regreso romántico a formas de vida premodernas, ni tampoco una adhesión acrítica al progreso tecnológico. Propone un tercer movimiento: reconocer que la modernidad, al construirse muchas veces negando o subordinando otras formas de saber, dejó afuera recursos valiosos para sostener la vida en momentos de crisis como el actual. Traer de vuelta esos recursos — la intuición, la percepción corporal, el saber comunitario — no es un gesto nostálgico, sino una estrategia concreta frente a un problema concreto: la deshumanización que puede acompañar al avance acelerado de la IA si no se lo acompaña de un criterio ético e integrador.

Re-humanizar sin caer en el etnocentrismo

Hablar de re-humanización en este contexto no significa mirar con nostalgia un pasado sin tecnología, ni asumir una postura etnocéntrica que idealice una cultura sobre otra. Significa recuperar un sentido de pertenencia — a la Tierra, a lo común — desde una ética del cuidado que ponga el cuerpo y la experiencia vivida en el centro de la conversación sobre inteligencia artificial.

Como terapeutas manuales, corporales, posturales y somáticos, nos preguntamos qué efectos —inmediatos y futuros— tiene el avance de la IA en la vida cotidiana de las personas con las que trabajamos. Y entendemos que reflexionar sobre esto es parte de nuestra responsabilidad profesional, no un tema ajeno a la consulta.

El lugar de la intuición y la percepción

Por eso, en Soma y Alma le damos valor a la intuición y a la percepción — no como opuestos de la razón, sino como potencias de vida y de creatividad que necesitan integrarse al gran avance racional de nuestro tiempo. No se trata de elegir entre ciencia e intuición, sino de sostener ambas en diálogo, tal como propone la Tercera Posición que atraviesa toda nuestra forma de trabajar.

La intuición y la percepción, en este marco, no son un residuo pre-científico que la razón vino a superar. Son capacidades del sistema nervioso y del cuerpo entero para captar información relevante del entorno y del propio organismo, muchas veces antes de que esa información pueda articularse racionalmente. En un momento donde la IA promete respuestas rápidas y externalizadas, entrenar la capacidad de percibir y confiar en el propio cuerpo se vuelve más necesario que nunca.

Una pregunta abierta para quienes trabajamos con el cuerpo

Si trabajás con el cuerpo —el propio o el de otras personas— cada vez que un paciente llega a consulta atravesado por la sobreexposición tecnológica, por la aceleración cognitiva, por la desconexión de su propia percepción corporal, esta pregunta se vuelve clínica y no solo filosófica.

En la práctica diaria, esto puede traducirse en pacientes que llegan con dificultad para registrar sensaciones corporales simples — tensión, respiración, hambre, cansancio — porque pasan buena parte del día mediados por pantallas y respuestas externas e inmediatas. Acompañar ese proceso de reconexión, sin caer en un discurso moralizante sobre la tecnología, es parte del trabajo que nos toca como terapeutas en esta época.

Te invitamos a pensar: ¿qué lugar le das hoy a tu intuición y a tu percepción corporal frente al avance de la inteligencia artificial?